Fíjate que anoche me quedé pensando, que sufrimos como si el cáncer fuera nuestro, como si fuéramos medicamento que no cura pero oficia misas, en que nos adueñamos del muerto del vecino y le lloramos como si nos hubiera costado el ataúd, que no queremos entierrarlo porque sucio se ve mal.
También pensé en el chico underground y la tristeza que encontró en su cajita feliz el día de la hamburguesada y que por ello se volvió agrestivo. Pensé en las gracias de los payasos que reconocen favores, en las damas chinas tan complicadas para jugarlas porque se enojan, en los caballeros de la mesa redonda del rey cuadrado sin geometría ¡Tantas cosas que pensé y no recuerdo alguna!
Pero hoy tarde te diré lo que aconseja un amigo ajeno a un buen catastrofista: todos deberíamos sacar periódicamente un “Los Mejores Éxitos de Nuestra Vida” para retomar nuestras carreras donde las paramos y darle oportunidad a la pizarra que cambie el marcador, quizá en una de esas aparecemos en primer lugar detrás del último, y así empezamos a sufrir por nuestra propia cuenta