03 enero 2008

La Lástima que no lastima

Vino y se fue como quien viene a pedir limosna -frente a mi puerta-
En una hoja amarillenta de tanto otoño, ella había escrito con letra sordomuda “Ayúdame mujer de culpas que vengo buscando en tu dolor alivio”
Tras la reja leí el papel -desempeñado- para luego soltar el llanto aprendido que sanea las conciencias, pero no me oyó,  la distancia siempre fue la apuesta.
Entonces quiso su sordera de mí otra lágrima, aunque intenté, jamás se pudo. Hasta allí llegó su terquedad.

Puse, por no dejar, tres monedas de cambio en su mano pero no pudo conmigo, practicar sus gracias, ya que de la nada apareció una tórrida lluvia en su cabeza. Vi por horas como llovía y se llovía desde su cabello acuoso, y aunque esperé verle germinar allí mismo en la banqueta, llegado el atardecer, su obligo se le volvió fértil,  cántaros de óxido le subieron por la cara. Nunca más le volví a reconocer.

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