Tomé la mochila vacacional como los otros predeterminados, con rumbo situado y horario fijo, con sonrisa definida, sin pérdidas ni esperas: exactada.
Vacaciones en reloj de arena con cultura de cuerpos blancos dentro de maletas morenas, en Spring break, en un hotel de cinco lunas a peso mexicano y sin playa internacional.
Con mi bikini de mercadeo me instalé en la vendimia de alegrismos bajo la guarda de mi sombra artificial para broncearme y reír en karaoke, con toda la obligación de ser feliz.
Vinieron las doce, diez cervezas, las rancheras, los ombligos y la caricia autóctona, que por ser tan regional, no fallaron los ojillos observantes, apuntalados y de rabillo que acusaron a la indecencia de no saberse contener.
Ya entrada la tarde y la beodez, me empecé a preguntar lo que se preguntan los sobrios de la hamaca de junto, que por no ser yo, se ahorrarán dos vergüenzas, media vida y la aspirina, ¿será que Dios existe?, aunque ambos tendremos diferentes razones para preguntar.
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