Hace meses que no lo veo, puso pies en polvorosa o quizá a estas alturas ni siquiera tenga pies que lo acompañen. Al no ser clienta constante del bar Pluma Blanca desconozco su devenir por la cantina de los cultureros de mi ciudad. Lo conocí hace tiempo cuando llegué por vez primera a esa cantina de nombre indio, nombre que a los muchos años y por complicidad, terminó por significar, objeto con el que se hace arte efímero.
De piel lechosa y estatura de poca monta, el triste vestía camiseta con manchas sobre arrugas, sombrero de paja pero no vaquero, más al estilo escritor venido a menos. Manos delicadas, expresionistas, sí, manos de artista, de actor en escenario amarilleando nicotina.
Apenas entramos mi amigo y yo a la cantina nos invitó a sentarnos a su mesa, como si le urgiera saberse visible a través del diálogo o de su reflejo en la pupila de otro ser humano. A la vez que extendió una silla para que yo me sentara hizo lo mismo con su mano disponible presentándose sin ambigüedad: Hola, me llamo Alberto y soy alcohólico. Yo elhecho y a veces no tomo alcohol le respondí, entonces cayó en cuenta que desconocía el nombre de mi amigo que ya se desorbitaba en ojos ¿y tú cómo dices que te llamas? Alejandro, murmuró a duras penas. Conocía bastante a mi amigo y sabía que la palabra directa no se le da, lo pone vulnerable, nervioso y en alerta, yo disfruto verlo en este tipo de situaciones pues me gusta imaginar al mundo así de perplejo ante la desnudez de intenciones, todos sin la cortesía protectora de las palabras.
Se dejó ver por mí, se dejó preguntar y hasta reclamar –no hay mujer que se resista al reclamo- de facciones varoniles y cuerpo de edad incalculable, lo mismo pudo tener 25 que 45 pero su añejado rostro no intentó ocultar tener más de 50 años de abandonos. Inteligente hasta lograr ser interesante, culto hasta llegar a ser intransigente y tan delicado como el erizo de mar.
Vía cerveza clara, se desnudó a dentelladas y desmenuzó a zarpazos sus días. Entre autores, libros, frases contundentes y textos bestiales, recogió pedazos y armó su puzzle de vida. Tenía tanto en su arsenal que me faltó noche y a la mesa ganas de aprehenderlo. Saltaba de mesa en mesa y de conversación en conversación, hasta que la hora le recordó que a veces también se duerme.
El abandonado se les va nos dijo, porque nadie me espera es que regreso a casa. Esta vez no estuvo disponible alguna mano para despedirse, una estaba aferrada a un vaso de sucio plástico y la otra a una limpia obra de Emilio Carballido.
Mi amigo y yo, sin voltear a vernos, guardamos un minuto de silencio en su memoria, nada se dijo, estaba algo ronco el sentir. A mí me dejó una montaña de preguntas y un hueco de respuestas, a mi amigo, el regreso de esa paz que da la distancia entre el hombre y la verdad.
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